Huelgas, por Jon Juaristi

La huelga general a la española no es un arcaísmo, sino la única estrategia de la izquierda en la oposición

EL ministro Guindos se preguntaba con estupor cómo hay sindicatos que convocan huelgas generales en el siglo XXI. Dado el hecho innegable de que los sindicatos españoles siguen convocando huelgas generales en el siglo XXI, la cuestión que habría que plantearse es otra. Es
decir, cómo son las huelgas generales del siglo XXI, o bien, qué las distingue de las del siglo XX y de las del XIX.

Simplificando mucho, cabría reducir a tres los tipos de huelga que ha conocido la Historia anterior al presente siglo: las huelgas antimaquinistas, las huelgas sindicales propiamente dichas y las huelgas políticas. Las primeras, protagonizadas por artesanos, se produjeron en fases anteriores a la existencia de movimientos obreros organizados, e iban dirigidas contra las innovaciones tecnológicas que arruinaban a los gremios tradicionales. Fueron muy características de las regiones en las que se implantó la industria textil moderna, y las llevaron a cabo bandas de tejedores airados que destruían los telares mecánicos. Las huelgas sindicales perseguían objetivos económicos. Las políticas fueron un invento de revolucionarios burgueses que despreciaban el economicismo de los obreros y pretendían utilizar las huelgas para derribar gobiernos. Salvo en el breve período de las revoluciones bolcheviques europeas, los sindicatos mostraron poca inclinación a las huelgas políticas, vistas sólo como recurso para derribar regímenes dictatoriales, pero desaconsejables en las democracias. La última huelga general política en un país democrático, la francesa de mayo de 1968, terminó, como bien es sabido, en un parto de los montes. En vez de cambiar el sistema, los sindicatos franceses pactaron subidas salariales con la patronal y dejaron en la estacada a los grupúsculos leninistas de las universidades. Desde entonces, sólo se produjeron verdaderas huelgas generales políticas en los países comunistas, para echar abajo regímenes totalitarios inspirados en las ideas del inventor de la huelga general política.

Las huelgas generales españolas del siglo XXI no son un arcaísmo ni una expresión de la impotencia de unos sindicatos que sólo representan a un sector minoritario de los trabajadores, sino el instrumento principal de la izquierda en la oposición. No cabe, por tanto, hablar de fracasos definitivos de la estrategia huelguística, porque la izquierda ya no tiene otra y la seguirá utilizando hasta el aburrimiento. Se trata, obviamente, de una forma extraparlamentaria de presión sobre el Gobierno, que se presenta como un collage de residuos de los tipos clásicos de huelga: la general política, la sindical y, claro está, la antimaquinista, dirigida ahora contra bolsas, bancos, comercios y transportes ( ya que éstos son las únicas máquinas visibles en el espacio público). Podemos lamentarnos de su sesgo perjudicial para la economía nacional —con sólo ver las portadas de The Financial Times y de The Wall Street Journal del viernes un buen número de potenciales inversores habrá llegado a la conclusión de que España es un Estado imposible y gamberro— y de que no sólo no arreglará nada, sino que abundará en el horror. Pero es que a esto precisamente pertenece dicha estrategia, ministro Guindos: al catálogo de horrores del siglo XXI.

ABC

Una chispa de humor, por favor


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