El tamaño de la ofensa, por Hermann Tertsch

Ahora cruje la situación porque el Gobierno español no puede permitir a Gibraltar crear nuevos hechos consumados

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PARECEN surgir aquí eternos atavismos cuando Londres da a conocer ahora que nueve barcos suyos pasarán por Gibraltar, y Madrid tuerce mucho el gesto. Por ambas partes. Como si uno y otro no supieran que esos barcos que van al Golfo suelen pasar por Gibraltar. Precisamente porque el Reino Unido es mucho más constante y mucho más riguroso con sus gestos siempre. Ellos cuidan sus colonias mientras las tienen. Protegen su bandera, que ondea en todos y cada uno de los rincones de su territorio nacional. Y si tuvieran una sarta de separatistas desafiando las leyes todos los días con cargo al erario nacional, los habrían procesado y inhabilitado. Y a los peores sediciosos probablemente los habrían encarcelado acusados de alta traición. Así es la política de gestos y símbolos del Reino Unido. Y funciona. Ahora preguntémonos nosotros por qué no funciona la nuestra. Si es que alguien adivina a reconocer su existencia.

Dicho esto, España tiene razón en el origen de esta crisis puntual. Y Londres lo sabe. Una colonia ni establece sus lindes ni las revisa o mueve. Eso no puede ser y además es imposible. Ni por una supuesta nueva línea telefónica internacional ni por hacer la puñeta a los pescadores españoles son tolerables los jugueteos con los bloques de cemento. Menos aún por crear unos hechos consumados que buscan ir llenando de hormigón espacios para crear más superficie en la que poner un par de decenas de miles de buzones más para compañías piratas o semipiratas, oscuras u opacas u obscenamente transparentes.

El modelo de negocio de Gibraltar es una tomadura de pelo insostenible. Ahora que hasta las más dignas casas bancarias de Suiza, Liechtenstein y Austria, están en pleno «outing», Gibraltar es una ordinariez horrorosa y un delito continuado. Lo que pasa es que las autoridades llanitas están muy mal acostumbradas. En estos últimos treinta años no se buscó una fórmula de transición más o menos inspirada en la de Hong- Kong, mucho más lógica entre dos socios y aliados con tantos intereses comunes. No, se ha dejado que la política la marcaran unos políticos gibraltareños de intereses nada probos. Con Zapatero se eligió por supuesto la fórmula que más pudiera dañar a la soberanía española al institucionalizar los encuentros a tres. Como si de uno de sus compromisos con ETA se tratara, maximizó el daño. Ahora cruje la situación porque el Gobierno español no puede permitir a Gibraltar crear nuevos hechos consumados. Porque debe quedar claro que por muy crecidos que estén los gibraltareños, la colonia no puede crecer. Aunque esto frustre los planes de expansión del negociado, más que capitalista filibustero, del socialista Fabian Raymond Picardo. David Cameron no puede tener problemas para entender nuestra posición. La actual. Quizás los tuviera para entender lo que no hicimos en años pasados.

Cameron y la opinión pública británica saben que Picardo, como una reedición cutre del negocio de Francis Drake, no granjea gloria alguna. El blanqueo y el trampeo en Gibraltar también revuelve tripas en el Reino Unido. Madrid y Londres tienen que llegar a un compromiso. La colonia tiene que poder vivir. Pero sin olvidar que es una colonia. Luego seamos todos prudentes. A nadie sorprenda el donjulianismo socialista. Pero menos lema cañí. La agresión a los intereses de España en Gibraltar merece respuesta, pero no es ni mucho menos la más grave. Muchos indolentes con la permanente ofensiva separatista contra la soberanía constitucional e histórica en amplias zonas de España parecen de repente veteranos de la guerra de Sucesión, indignados que no han tenido tiempo de acostumbrarse a un Gibraltar británico. Los enemigos de España, queridos compatriotas, no están en Londres.

ABC

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