Quebrantos europeos en campaña, por Hermann Tertsch

La ausencia de liderazgos y política ha anulado toda percepción de la necesidad de sacrificio por el bien común

TODA Europa prepara unas elecciones al Parlamento europeo dentro de cinco semanas. Pero nadie se prepara para otra cosa en los países miembros que para las cuitas políticas nacionales, los ajustes de cuentas entre gobierno y electorado y los navajeos habituales entre los íntimos rivales. Aquí lo sabemos muy bien. La política, despreciada por el Gobierno, se arrastra prisionera de los chantajes del nacionalismo, de las miserias de la corrupción y la hipocresía de una oposición que ha abandonado el Parlamento y traduce su impotencia política en violencia callejera y toneladas de demagogia e hipocresía. El Gobierno posterga todo a la espera de que las meras cifras de una recuperación insegura le acaben dando la razón y los votos necesarios para seguir en el poder. Con quien sea y como sea. La mayoría absoluta y el poder concentrado que podía haber supuesto una regeneración y reestructuración nacional de dimensiones y calado históricas se han quedado en triste gestión de retrasos, silencios y miedos.

En otros países, la quiebra con la realidad no llega a extremos carpetovetónicos, pero también es inexistente la visión continental, la conciencia de lo que sucede en un continente que, como recuerda siempre Angela Merkel, supone el 7 por ciento de la población mundial, el 25 por ciento de la producción y el 70 por ciento del gasto social. Que en Europa haya aún fuerzas que pretenden que eso puede mantenerse es un disparate. Pero la soberbia de la gente pequeña tiene suficiente fuerza para hacer casi imposibles las reformas necesarias y urgentes si se quiere evitar que este continente, arrinconado y cada vez más marginal, acabe pudriéndose en su prepotencia y ensoñaciones como un parque temático y museo al aire libre. Y como tal no pueda soñar con defender sus libertades. Es la arrogancia de quienes pretenden que las reglas vigentes para el 93 por ciento de la población mundial nunca afectarán a los «dignísimos» europeos. Pero los grandes problemas son eso, demasiado grandes. Las opiniones públicas nacionales ignoran los quebrantos comunes. Quizá sea mejor así, porque a poco de lucidez y presencia de ánimo, esta campaña electoral podría generar pánico.

Que el nuevo Gobierno de París piense en romper la baraja y dinamitar una vez más como en 2004 el Pacto de Estabilidad no parece importunar más que a Berlín. Otros esperan para incumplir ellos. Volvemos a escenarios de amenaza para la moneda común. La economía no está a salvo por tanto, pero tampoco la democracia goza de buena salud, como demuestra el voto extremista en muchos países, desde Francia a Hungría. Las grandes conquistas europeas del bienestar se toman como derechos incuestionables. Pero la ausencia de liderazgos y política ha anulado toda percepción de la necesidad de sacrificio por el bien común y ante todo de los riesgos compartidos. Ahora que hay una amenaza directa, el quebranto de los quebrantos para Europa, la frontera oriental, la inmensa mayoría de los europeos mira hacia otro lado. O ya piensa en cómo aplacar al agresor. Por primera vez desde la crisis de Berlín en 1961, hay democracias europeas que temen ser invadidas en un futuro previsible. Y que no se fían ya del escudo de la OTAN. La campaña electoral en toda Europa debería estar centrada antes que nada en un grito de compromiso a defender unidos el territorio, las libertades y los derechos de todos nuestros aliados en peligro. Pero igual que buscamos fáciles trampas para negar a los ucranianos su derecho a elegir no volver a la pesadilla de la obediencia a Moscú, las encontraríamos para no responder más que con lloros a una invasión en un país miembro de la UE y la OTAN. Y Vladímir Putin lo sabe.

ABC

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