Del tuno al monaguillo (Niñerías), por Santiago González

Tuno y Monaguillo

Los niños encantadores que ven en las fotos son José Luis Rodríguez Zapatero y Pablo Iglesias Turrión bastantes años antes de dirigir el primero el Partido Socialista Obrero Español, y el partido bolivariano Podemos, el segundo.

Ahora que Pablo Iglesias ha empezado a recoger los frutos de la España que deconstruyó tan concienzudamente ZP, hay en la encantadora expresión de los niños que fueron una predestinación, un aura, un yo qué sé. Probablemente en algún álbum familiar esté esperando su turno la foto de un infante de cinco años vestidito de torero que tomará el relevo al segundo. Ni una mala palabra, ni una buena acción, ha sido la divisa de ambos.

Miquel Roselló colgó ayer en su blog una información muy relevante sobre la coleta más visible de la España de hoy. Ya habíamos visto el sentido de clase de su discurso: “un grupo de lúmpenes, gentuza, gente de clase social mucho más baja de la nuestra”. Hemos visto una doble actitud y un doble discurso que se pone en perfil egipcio  en España para hablar del chavismo y que se suelta voluptuosamente la faja en Venezolana de Televisión,  quejándose de que en España es algo imposible ver a  gente de izquierda hablar en televisión, porque el conjunto de los medios de comunicación están controlados por intereses privados.

Le hemos visto en esas televisiones de la derecha y de la extrema derecha -en las que es imposible que hable él- invocar la libertad de expresión, el fair play, que no se le interrumpa en su turno de palabra. Hoy podemos verle en el documento de Miquel Roselló como animador muy principal del boicot a Rosa Díez en la facultad de Ciencias Políticas de la Complutense. Comprueben la aplicación del método follow-unfollow de las redes sociales a este caso (llenar el aula en que se iba desarrollar la conferencia para vaciarla al final de la performance). Vean y oigan un apunte del himno de José MªGárate con el que Mario Onaindía abortó el proceso de Burgos: “Eusko gudariak gera, Euskadi askatzeko…” Ahí se quedaron. Ninguno de los presentes conocía la continuación: “gerturik daukagu odola bere aldez emateko”.

Vean en el minuto 1:02 cómo Pablo Iglesias da la indicación de arranque a una chica con camiseta a rayas sentada en la primera fila, cómo esta chica se pone de pie y levanta el brazo, alguien grita: “arriba, arriba, arriba” y da comienzo la movida. Otra chica y un Errejón se turnan para leer un comunicado de varios minutos, un amontonamiento de tópicos  y de juicios de intenciones. Después se fueron ¡tirando bombas fétidas! La primera estrofa, que los escolares de Pablo Iglesias no supieron completar del Eusko Gudari, decía: “Somos combatientes vascos para liberar Euskadi, generosa es la sangre que derramamos por ella”. Ah, el poder de la metáfora.

Ya habíamos tratado de la emoción,-no sé si de la excitación-, que confiesa Pablo Iglesias al ver en video a Hugo Chávez (no crean que no lo entiendo: a mí me pasa con Charlize Theron). También le emociona que le gente le pare en las calles para decirle que gracias a La Tuerka y a ese otro programa que hace en una televisión iraní, otro templo de la democracia, “hay argumentos”. Tratamos de darles a las masas sentido y lo que las masas quieren es espectáculo, escribió erróneamente Baudrillard. No. Lo que las masas quieren es un argumento.

El inspirador intelectual del tema, Juan Carlos Monedero,  era entrevistado ayer en El Correo y daba este vistoso titular:

Caciques que lloran

No puede ser… ese opresor es bueno
no puede ser un opresor malvado.
En su mirar, con una luz singular,
he visto que ese tirano es un desventurado.

No puede ser un vulgar tiranuelo
que envenenó las horas de mi vida.
No puede ser
por que le vi expropiar
por que le vi querer
por que le vi llorar…

Los ojos que lloran no saben mentir,
los malos autarcas no miran así;
temblando en sus ojos dos lagrimas vi
y a mí me ilusiona que tiemblen por mí.

(La tabernera del puerto. Con permiso de Romero y Fernández Shaw, autores del libreto)

También Juan Carlos Monedero se emociona, ¿y quién no?: “A Chávez le dolía [la pobreza] y eso me parece emocionante”. Esa es la prueba de la superioridad moral de la izquierda. Y del imperio del kitsch, tal como contaba magistralmente Kundera en ‘La insoportable levedad del ser’:

“El kitsch provoca dos lágrimas de emoción, una inmediatamente después de la otra. La primera lágrima dice: “¡Qué hermoso, los niños corren por el césped!”. [alternativamente: qué triste, los niños pasan hambre] La segunda lágrima dice: “¡Qué hermoso es estar emocionado junto con toda la humanidad al ver a los niños corriendo por el césped! [o pasando hambre]”. Es la segunda lágrima la que convierte el kitsch en kitsch. La hermandad de todos los hombres del mundo sólo podrá edificarse sobre el kitsch».”

Confieso que pocos argumentos podían calar más en mis adentros. Me he pasado unos años recopilando el obsceno exhibicionismo sentimental del tuno de la foto para escribir un libro que titulé ‘Lágrimas socialdemócratas’. Si Juan Carlos Monedero, que ya me llamó una vez para expresarme un desacuerdo que no llego a recordar, tuviera a bien enviarme una dirección postal, le remitiría gustoso un ejemplar del libro, para que vea que los gobernantes llorones no lloran por su pueblo sino por ellos mismos.

Si Podemos es una experiencia con tanto futuro como cree Pablo Iglesias, habrá que pensar en unas ‘Lágrimas bolivarianas’. Hubo un tiempo en que los dictadores no lloraban. Se limitaban a preocuparse y a trasnochar por su pueblo. ‘La lucecita del Pardo’ era el símbolo de los desvelos del dictador por los españoles. La expresión se acuñó en la prensa del régimen y era, lógicamente, mucho peor que los versos de Neruda: “En tres habitaciones del viejo Kremlin/ vive un hombre llamado José Stalin./ Tarde se apaga la luz de su cuarto./ El mundo y su patria no le dan reposo./ Otros héroes han dado a luz una patria,/ él además ayudó a concebir la suya,/ a edificarla/ y defenderla.”

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