Calatravitos, por Ignacio Camacho

Disipada la bonanza que encumbró su vanidad faraónica, Calatrava se ha convertido en símbolo de un fracaso histórico

calatrava-querellasHUBO en España un tiempo en que Santiago Calatrava, ese arquitecto que pasa por original pese a su contrastado empeño por copiarse a sí mismo, se convirtió en el símbolo de una época. La de los años felices del crecimiento en que un viajero podía reconocer en cualquier ciudad la huella del insigne proyectista. Para apercibirse de que Calatrava había pasado por allí bastaba toparse con sus clónicos puentes de blancos pilotes oblicuos o retóricos arcos sobre insignificantes ríos. El tamaño de los calatravitos sembrados en el paisaje por la burbuja de la prosperidad dependía de la escala del presupuesto y de la megalomanía del alcalde de turno. Todos padecían idénticos problemas funcionales y respondían a la lógica política del «proyecto emblemático»: la faraónica tendencia de ciertos monterillas a perpetuarse en la Historia con un monumento al vacío. Hasta Venecia llegó la calatravamanía, una contagiosa variante del virus del despilfarro, pero fue en su tierra valenciana donde sus paisanos lo convirtieron en un exuberante paradigma del derroche.

Disipada la bonanza que lo encumbró como escaparate de las vanidades municipales y autonómicas, el antiguo genio visionario se ha convertido en el símbolo de un fracaso social e histórico. La moda es ahora perseguirlo como chivo expiatorio del desplome de todo lo que era sólido. Las grietas, averías, goteras y demás defectos constructivos revelados por el paso de los años en su arquitectura hueca se han vuelto el testimonio de aquella etapa de agitada superficialidad dispendiosa. El pendulazo del desencanto lo ha señalado como objetivo de la ira del pueblo. Le llueven las querellas y los pleitos como si fuese él, y no sus ensoberbecidos clientes políticos, el responsable de toda aquella malversación de falsos sueños.

Hasta ahora, sin embargo, solían reclamarle el pronto desgaste de sus obras, la disfuncionalidad de sus grandilocuentes pasarelas, el costoso deterioro de sus enfáticos auditorios. Ha llegado, al parecer, el momento de presentarle también requerimientos por lo que dejó de hacer, por los proyectos frustrados, por los ambiciosos planes que quedaron pendientes tras la prematura quiebra del esplendor financiero e inmobiliario. Un juez de Castellón lo ha imputado por un centro de convenciones que nunca llegó a construirse en aquella provincia de aeropuertos sin aviones y dirigentes sin vergüenza. Deberían agradecerle el gatillazo, que al menos ahorró a los contribuyentes la onerosa factura de otra impúdica pirámide de hormigón erigida a la mayor gloria del delirio virreinal de un tiempo malogrado, vencido. A Calatrava habría que haberle pagado por abstenerse de plantar en el territorio peninsular sus artificiosos, postizos e inútiles jamoneros seriados. Tres millones dicen que cobró por los planos fallidos; baratos resultan con tal de evitar que encima los hubiese realizado.

ABC

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