Alejandro Macarrón: «O tenemos más niños o esta sociedad es inviable»

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Aunque no son los embarazos infantiles la solución, España necesita desesperadamente un mayor crecimiento dmográfico. Ayer ya era tarde.

Día 15/07/2014 –

El director de la Fundación Renacimiento Demográfico reclama medidas políticas y un cambio de mentalidad social para elevar el bajo nivel de fecundidad

El ingeniero de telecomunicaciones y consultor empresarial Alejandro Macarrón (Avilés, Asturias, 1960) ha tomado conciencia de los graves problemas demográficos a los que se enfrenta España y se ha marcado como misión combatirlos. Tal como alertaba ABC este domingo, la pérdida de población y el envejecimiento ponen en riesgo el futuro de nuestro país. En la actualidad, Macarrón preside la Fundación Renacimiento Demográfico y es autor del libro «El suicidio demográfico de España» (Homo Legens).

—¿Nos encaminamos irremediablemente hacia la extinción en España?

—Irremediablemente, no. El proceso tardaría siglos y, por tanto, hay tiempo para reaccionar. Pero si no lo hacemos, efectivamente entraríamos en un declive continuo –que ya ha comenzado- y tenderíamos hacia la extinción. A este ritmo, dentro de una generación, la población joven sería un 40% menor que la actual; una generación más tarde, menguaría otro 40% (ya sería en tamaño un 36% de la primera), y así sucesivamente. Cuanto más tarde reaccionemos, más tardaremos en recuperar la vitalidad, habrá una masa mayor de jubilados que atender por poca gente joven y de mediana edad, más inercia a no tener hijos, y necesitaremos aún más jóvenes para compensar el envejecimiento de la pirámide de población. Estoy seguro de que habrá una reacción, pero espero que no sea dentro de dos décadas o incluso más tarde, porque los niños que nazcan ahora no tendrán una edad productiva hasta dentro de 20 o 25 años. Otra cosa es que disminuyese aún más la tasa de fecundidad, que también es posible…

—España pasó en pocas décadas de la familia numerosa generalizada a estar a la cola en natalidad. ¿Por qué?

—Se trata de un fenómeno universal, aunque es cierto que en España se ha producido de una manera más fuerte y más rápido. Esto último porque veníamos del franquismo, un sistema político conservador y muy pro familia, y al llegar la democracia convergimos muy rápidamente. Lo que en otros países tardó treinta años (pasar de una natalidad razonable a otra demasiado baja), en España diez o quince. Y el hecho de que la natalidad sea más baja que en otros países desarrollados tal vez se deba a factores culturales. Aquí acentuamos las tendencias. Es como la fe de los conversos, hace 40 año éramos más natalistas que nadie y hemos pasado a ser antinatalistas.

Nuestros políticos no le han dado la menor importancia a la escasez de nacimientos en los últimos 30 o 40 años, ni tampoco los intelectuales ni las élites españolas en general. En cambio, sí lo han hecho en Francia y Suecia, y ahora en Alemania, donde se han tomado preocupación. En España no se ha hecho nada.

—¿Es posible ser un país desarrollado y tener índices de natalidad aceptables?

—Hay países desarrollados con niveles más altos de fecundidad, como EE.UU., Francia y Suecia, donde no alcanzan el nivel de fecundidad de reemplazo (el 2,1), pero se acercan bastante. Con los niveles de natalidad de España o Alemania, cada siguiente generación es un 40% menor, pero la gente vive más. Es muy preocupante. Nadie está seguro de qué pasará, porque no hay precedentes históricos, pero la cosa tiene muy mala pinta.

Si no aumenta la fecundidad, la mitad de los jóvenes de hoy no tendrá nietos. Sería una sociedad dominada políticamente por los jubilados, en la que la prioridad sería que hubiera dinero para pensiones, sanidad, dependencia, lo que puede ahogar la economía y llevar a una gerontocracia autodestructiva. Y no es solo economía: una sociedad sin apenas hijos, hermanos, tíos, primos… parece muy triste.

—¿Qué se puede hacer?

—Lo primero es decir a la gente que hay un enorme problema, quehacen falta niños y que es malo no tenerlos, porque los niños te completan la vida. El ser humano está programado para tener niños, nos llenan, nos encantan, es algo natural. Y como país, no tenerlos genera un grave problema. El Estado tiene que reducir sensiblemente la carga fiscal a las familias con hijos –bastante más que lo recién anunciado en la reforma impositiva en marcha, un buen paso pero muy insuficiente-, porque suponen gastos para los padres y son un bien para el país. Pero también es una cuestión cultural. Mucha gente aprecia poco a las madres. Ahora, a las mujeres con muchos hijos las llamamos «conejas» y, si se quedan en casa a cuidarlos, «marujas». Si revalorizamos la maternidad como algo con prestigio, bueno, noble, necesario, habrá más niños.

Además, tenemos los hijos demasiado mayores, porque primero está la universidad y luego el trabajo, y cuando nos gustaría tenerlos, ya es demasiado tarde. Cuando puedes (físicamente), no quieres, y cuando quieres, no puedes. Habría que acortar algo el ciclo educativo, que ahora es muy largo, para que salgamos de la universidad un año o dos antes. Los 30 deberían ser el límite para tener el primer hijo para casi todo el mundo.

—Ese retraso de la maternidad, y de la paternidad, ¿es solo porque nos fuerza la sociedad a ello? ¿No hay también algo de egoísmo, que anteponemos un buen trabajo o viajar por el mundo a tener hijos?

—No me gusta echar culpas masivas, ya que no lleva a nada. Simplemente, se trata de valores modernos que no son buenos y habría que cambiar. Se ve a los hijos como una carga económica y un freno a nuestra libertad, y no lo positivo que tienen, que nos completan la vida. Todos los padres están enamorados de sus hijos. Ninguna madre ni ningún padre se arrepiente de tener hijos, pero sí muchas personas se arrepienten de no tenerlos. Lo valoramos demasiado tarde. Cuando somos jóvenes, creemos que nos quitan libertad y dinero, sin darnos cuenta de que la vida es muy larga y que luego nos dan muchas alegrías. Lo que más valora la gente mayor es la salud y el afecto, y la mitad de la gente de ahora no tendrá ningún nieto y el 25 o 30% ni siquiera un hijo.

Necesitamos recuperar una parte de los valores tradicionales. Todos es imposible, porque hay cosas que han cambiado para siempre y está bien que haya sido así, pero el modelo de sociedad actual, en su parte de insuficiente fecundidad, es insostenible. Hacen falta medidas de conciliación, pero más que en las leyes, en la mentalidad. Por ejemplo, en el clima laboral, que cuando un padre o madre vaya al médico a llevar a su hijo no lo veamos con mala cara y digamos: «¿Y a mí qué me cuenta?, ahora tengo que hacer yo su trabajo». Si hay muchos empleados que no tienen hijos, es natural que no lo comprendan, que no lo vean importante, pero cuando todos estamos concienciados, somos mucho más amables.

—No obstante, volviendo al papel de los políticos, ¿por qué no les interesa este grave problema?

—Tampoco es suya toda la culpa, aunque una parte sí. La política actual es corto plazo, ellos saben que necesitan ganar las próximas elecciones, y esto del invierno (o suicidio) demográfico por falta de niños, en cambio, es a largo plazo. Ha habido medidas antinatalistas, porque se pensaba que lo contrario ataba a la mujer a la casa. Y lo más importante es que los políticos piensan que van a molestar a los que no tienen hijos si dicen con rotundidad: «España necesita más niños, o tendremos un problema colosal como país». Por ejemplo, hacen falta políticas fiscales pro natalidad, pero los políticos temen que no caigan bien a los que no tienen hijos porque pagarían bastantes más impuestos que los que sí tienen. Les gusta criticar al partido de enfrente, pero les cuesta decir verdades incómodas.

Eso empieza a cambiar cuando se ve en esto un problema gigantesco, como en Galicia, una de las regiones más envejecidas de España y del mundo, y donde se acaban de empezar a poner en marcha políticas de natalidad. Porque es el ser o no ser. O tenemos más niños, o la sociedad es absolutamente inviable.

—¿Qué papel juegan en todo esto las migraciones?

—La inmigracion ha rejuvenecido España y crea riqueza cuando los inmigrantes trabajan. Pero si los inmigrantes están en paro, ya no está claro que el balance para España sea positivo, y muchos se vuelven a su país. Tiene una parte coyuntural, aunque el fenómeno tiene demasiado poco tiempo como para saber si se han integrado bien los inmigrantes que vinieron en los últimos 20 años, sobre todo la segunda generación. La inmigración puede ser una parte de la solución al problema demográfico, pero no toda. Necesitamos más nacimientos. Y pensar que otros tendrán los hijos por uno, los que nosotros no queremos tener, no es una mentalidad sana. Y corremos con ella el riesgo, de que, o no los tengan, o los tengan para ellos, y no «para nosotros», algo que sería bastante lógico.

—¿Y la salida de españoles en los últimos años?

—Si es coyuntural, no tiene importancia; si es estructural, puede ser un desastre, porque perdemos a muchos de nuestros mejores jóvenes. Aunque algunos retornarán seguro y, como habrán aprendido muchas cosas algo fuera, eso es positivo. Lo importante es que tu país esté bien, y entonces vendrá gente de fuera y se quedarán casi todos los españoles. Un país que, en el mundo abierto en que vivimos, no atrae inmigrantes, casi con certeza va mal.

ABC

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