Otra vez un sultán de pesadilla. Artículo completo de Hermann Tertsch, ABC

ES muy lógico que la canciller alemana Angela Merkel esté harta de que el presidente turco Recep Tayyip Erdogan llame nazi a Alemania un día sí y otro también y los ministros desde Ankara compitan en difamaciones al Gobierno alemán con evocaciones del nazismo. Cierto que también debiera recordar a las autoridades alemanas que ellos tampoco deberían llamar nazis a los que critican o condenan su política de inmigración que tantas tragedias, angustia y dificultades genera. Y que tanto ha debilitado su posición, precisamente frente Turquía. En una escalada delirante Erdogan llegó el domingo a acusar personalmente a Merkel de «utilizar métodos nazis». La canciller respondió ayer que si no pone fin a estas ofensas tendrán una respuesta seria de Alemania. Esta podría ser un veto a toda actividad política turca en su territorio. Incluidos los mítines y la propia votación del referéndum que pretende hacer Erdogan para aprobar su constitución presidencialista, personalista y erdoganista. Para gobernar como un sultán del siglo XVII y aplastar a todo aquel que cuestione sus formas y contenidos. Esta actividad en tierra alemana es ya en sí muy cuestionable porque propugna fines opuestos a la Constitución alemana. El veto provocaría un conflicto de alto voltaje con serias derivadas en el orden público y la seguridad en territorio alemán. Las actividades políticas turcas en Alemania siempre levantaron suspicacias y temores por su componente de guerra sucia contra disidentes, opositores y demócratas en general. Desde la época de los generales y al margen de las muchas veces cálidas relaciones entre ambos gobiernos. Pero el deterioro de las relaciones ha adquirido una nueva calidad alarmante. Muchos creen la canciller infravaloró el peligro y no lo afrontó como debía en un principio. Nadie puede excluir una coordinación con Vladimir Putin. Erdogan puede extorsionar a Merkel con facilidad desde que se firmó el acuerdo por el que Turquía cortaba el flujo de refugiados hacia los Balcanes y Alemania. La reapertura del chorro migratorio sería un grave problema para Europa pero para Merkel sería con gran probabilidad el final político.

La canciller y su equipo han estado en pasados meses quizás más dedicados a cuestionar al nuevo presidente norteamericano que a frenar a un presidente turco desatado. Ahora ya amenaza con usar la inmigración turca para desestabilizar los regímenes democráticos que los acogen. Aunque Erdogan se refería a Holanda al decir que él dispone –con 400.000– de una fuerza diez veces superior al ejército holandés, esta amenaza de blandir a los inmigrantes como su arma y quinta columna es una señal de alarma que pocos esperaban tan clara y retadora. En Alemania son cerca de cuatro millones los turcos.

Erdogan pretende utilizar a su emigración como fuerzas a sus órdenes en países a cuyos gobiernos pretenda presionar por un motivo u otro. Las últimas manifestaciones violentas bajo banderas turcas en Alemania y Holanda han sido directamente orquestadas por Ankara. Son el comienzo de un pulso a los gobiernos europeos que niegan aun a Erdogan una especie de soberanía compartida de acuerdo con la fuerza de su comunidad turca. Que muchos emigrantes turcos no estén de acuerdo con su presidente no impide que este se arrogue el caudillaje de todos ellos. Enarbolando el estandarte de la lucha contra la «islamofobia europea», Erdogan pretende además erigirse en adalid del sunismo en Europa occidental, cada vez más fuerte, más numeroso y más agresivo. Y movilizar el apoyo en Turquía contra el enemigo en Occidente y la liquidación de toda discrepancia en el interior. Nadie espere ni un escrúpulo. Erdogan está lanzado a convertirse en una pesadilla. Ya lo es para muchos turcos. Pronto puede volver a serlo para toda Europa como un nuevo sultán otomano resurgido del siglo XVII.

H.T. en ABC, 21 de marzo de 2017

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