La fuerza del ideal, por Joan Font Rosselló

El escritor e historiador francés Jean-François Revel.

El autor denuncia la existencia de un movimiento educativo dirigido hacia el ensalzamiento del modelo socialista en base a dar una imagen sesgada y negativa del sistema capitalista

 

UN AVANCE DE UN ESTUDIO realizado por Sociedad Civil Balear ha detectado «un preocupante adoctrinamiento anticapitalista» en los libros de texto de Geografía e Historia, informaba este periódico el pasado 26 de mayo. Según los expertos que han examinado estos libros de texto, se ofrece una «imagen negativa y sesgada de las empresas y de los empresarios» mientras se ensalzan las bondades de los llamados movimientos sociales (feministas radicales, ecologistas, pacifistas…) cuya principal misión desde la caída del comunismo en 1989 ha sido crear complejos de culpa en las sociedades democráticas y capitalistas para desarmarlas moral e intelectualmente, sentimientos de culpa que les han otorgado una legitimidad moral e intelectual sobre el resto de ciudadanos y que, a modo de nuevos sacerdotes de la modernidad, les ha permitido instalarse en el pesebre de los Presupuestos públicos.

Curiosamente, los autores de estos manuales no dejan de señalar los inconvenientes del sistema capitalista sin mencionar en cambio ninguna de sus indudables ventajas. Por contra, el socialismo real (o comunismo) es tratado en estos manuales de forma aséptica y neutral con la intención de salvar la utopía comunista, dejándola al margen de su realización práctica que, como sabemos, resultó ser el mayor fracaso político del siglo XX, sinónimo de miseria, corrupción, muerte y falta de libertad.

Este sesgo ideológico de los libros de texto no es por tanto ninguna casualidad. Obedece sin más al dominio abrumador de la llamada «corrección política» en los países occidentales, más aún en España. A día de hoy podemos delimitar con bastante claridad cómo y en qué circunstancias nace esta «corrección política» que hoy inunda las facultades, la enseñanza, la prensa, el cine y la cultura en Occidente.

Cuando sucumbe el telón de acero por putrefacción interna y no, recordemos, por ningún ataque de sus enemigos capitalistas, el marxismo es todavía el pensamiento hegemónico en las facultades de ciencias sociales. De la noche a la mañana los catedráticos y los profesores de las llamadas «ciencias sociales», muchos de ellos intelectuales orgánicos satelizados por los potentes partidos comunistas occidentales, se ven en la inquietante tesitura de percibirse a sí mismos como unos completos inútiles sin nada que aportar a la sociedad, como unos desfasados que van a quedar al margen de los signos de los tiempos, ellos precisamente que siempre han enarbolado la bandera del progreso y la modernidad. Estos cómplices de los totalitarismos comunistas han estado amamantando en las aulas a la mayor impostura política del siglo, presentada como la definitiva emancipación de la humanidad. El comunismo está en ruinas, totalmente desacreditado a ambos lados del telón de acero. Todo hace indicar que se ha consumado el fin de las ideologías que profetizaran en su día Bell y Fukuyama y que la nueva era nacida el 10 de noviembre de 1989 saluda la victoria definitiva del capitalismo y de la democracia liberal.

Antes de que el «socialismo real» colapsara en 1989, lo había hecho ya lo que los cursis llamaban entonces el «socialismo de rostro humano» -la socialdemocracia- cuyo máximo logro había sido el Estado del Bienestar que, en feliz expresión de Milton Friedman, pretendía protegernos de la cuna a la tumba. El Estado del Bienestar había colapsado en dos de sus máximos exponentes: Suecia e Inglaterra. El triunfo de la «revolución conservadora» capitaneada por Thatcher y Reagan no fue sino la consecuencia del colapso del Estado del Bienestar. Apenas diez años después, caía el comunismo.

En suma, nos encontramos a principios de los años noventa con los cascotes humeantes de una ideología moribunda, desprestigiada y fracasada cuya impostura intelectual y moral se ha demostrado en el terreno de los hechos y las realidades. Por otro lado, nos encontramos con unas elites intelectuales que han estado apostando por el marxismo, unas elites marxistas que siguen siendo hegemónicas en las universidades y en la prensa, las principales plataformas, junto con la educación y el cine que todavía no controlan, de difusión de ideas. La magnitud de la hecatombe ideológica del marxismo debe calibrarse en su justa medida. El marxismo no era una ideología local y pasajera sino una ideología con pretensiones universales que, antes de su caída en 1989, controlaba las dos terceras partes del mundo. El desplome del marxismo deja un vacío existencial enorme, una inquietud que no es difícil imaginar entre los partidos comunistas y socialistas (que, pese a haber renunciado al marxismo como el PSOE, lo mantenían como última referencia) y unas elites que se habían ganado la vida como propagandistas de los regímenes comunistas frente a las prósperas democracias liberales en las que cómodamente vivían.

Contra todo pronóstico, sin embargo, el liberalismo y el capitalismo no cantarán victoria. Será el francés Jean-François Revel el primero, apenas una década después, en dar la voz de alarma en «La gran mascarada» (2000). El epígrafe del título no puede ser más clarificador «Ensayo sobre la supervivencia de la utopía socialista». «La última década del siglo -empieza Revel- ha sido testigo de la poderosa contraofensiva desplegada por los políticos e intelectuales de la vieja izquierda con el fin de borrar e invertir las conclusiones que, en 1990, parecían desprenderse de la evidencia del comunismo y, más generalmente, de los fracasos del socialismo». La contraofensiva a la que se refiere Revel de invertir las conclusiones que se desprenden de los hechos comprobables y tangibles consistirá en salvar la utopía socialista como algo enteramente desgajado de su aplicación práctica. El marxismo auténtico, argumentan ahora sus discípulos, no había sido aplicado en realidad. Los regímenes comunistas habrían corrompido el verdadero comunismo en el farragoso camino que va de las buenas intenciones en las que ningún ideólogo se equivoca jamás al terreno de los hechos. «Traicionando el pensamiento de Marx, nos recuerda Revel, sus discípulos se negaron a doblegarse ante el criterio de la praxis para replegarse en la inexpugnable fortaleza del ideal». Las elites marxistas que durante algunos años se vieron impelidas a justificar su causa en términos de logros o fracasos comprobables, ahora se sentían liberadas de la servidumbre que imponía la realidad.

Y los derrotados pasaron a la ofensiva. Quienes recusaban el comunismo como idea estaban en realidad en contra de «realizar la justicia», intención que al parecer había quedado incólume pese a la injusticia real de los regímenes comunistas. Las intenciones, y no las obras, era lo que valía la pena, su esencia, y lo que debía salvarse a toda costa.

Joan Font Rosselló en El Mundo Baleares

12 junio 2029

 

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