La izquierda abandona a Marx y abraza a Nietzsche, por Joan Font Rosselló

Nietzsche, uno de los pensadores contemporáneos más influyentes del siglo XIX

La izquierda no era otra cosa que una fábrica de resentimiento. «La izquierda no tiene ideas, sólo enemigos», sentenció con lucidez Alain Finkielkraut

 

Decía el pasado domingo (La fuerza del ideal, EM, 9/06/2019) que la exculpación del comunismo de los libros de texto de Geografía e Historia, así como la «imagen negativa y sesgada de las empresas y de los empresarios» que se desprende del estudio de Sociedad Civil Balear, no responde a ninguna casualidad sino que tiene su origen en la concepción del mundo conocida como «corrección política» que viene dominando Occidente en los últimos treinta años. Jean-François Revel, en La gran mascarada (2000), había sido el primero en advertir de la operación diseñada por la «intelligentsia» de izquierdas para blanquear los espantosos crímenes del comunismo y tratar así de salvar la utopía comunista.

Una de las primeras tácticas empleadas consistía en comparar la perfección del ideal comunista con las imperfecciones de la economía de mercado, un trampantojo al que se prestan los manuales de Geografía e Historia analizados, ávidos en señalar todas las desventajas del capitalismo mientras tratan con neutralidad al comunismo como idea al margen de sus fiascos reales. No se trataba tanto de afirmar el comunismo, a fin de cuentas una ideología hecha añicos por la apisonadora de la realidad, sino de relanzar la idea de «justicia social» mientras se atacaba el capitalismo motejándole de «salvaje» y otros adjetivos descalificadores. Como el comunismo había dejado de ser una alternativa económica viable a la economía de mercado, la «intelligentsia» de izquierdas centró sus esfuerzos en demonizar el capitalismo, aliándose con todo aquel que pusiera objeciones al nuevo orden mundial inaugurado en 1990. Todo valía contra el Gran Satán, identificado con el capitalismo y los Estados Unidos. Desde los movimientos guerrilleros como Chiapas hasta Hugo Chávez, pasando por la «excepción cultural». Ya no se trataba tanto de construir un mundo mejor como de destruir el presente, divulgando múltiples sentimientos de culpa en las sociedades occidentales. Como no podía cuestionarse la eficacia práctica del capitalismo, se mantenía la llama de la eterna duda acerca de su ética y justicia. La izquierda no era otra cosa que una fábrica de resentimiento. «La izquierda no tiene ideas, sólo enemigos», sentenció con lucidez Alain Finkielkraut.

Como el nuevo objetivo tras la caída del comunismo era demoler el capitalismo y esto precisaba de renovadas y pujantes fuerzas de choque, es en los años noventa cuando la izquierda ensancha su base electoral e ideológica incorporando en su seno a los llamados «movimientos sociales», hasta entonces marginales, como el pacifismo, el ecologismo, el feminismo, el antirracismo o los homosexuales, restos intelectuales del nihilismo y de la contracultura del Mayo del 68. Durante los noventa, período de reflexión y reinvención para una izquierda desnortada y sin rumbo, ésta consuma su cambio de chaqueta: deja de ser marxista -con todo su énfasis en lo económico y su determinismo económico de la Historia- para hacerse nietzscheana. Este abandono de Marx y la asunción de la filosofía alemana desde Nietzsche se había venido incubando en los campus norteamericanos desde los sesenta. Allan Bloom (El cierre de la mente moderna, 1986) ha explorado cómo Nietzsche, gracias a la poderosa influencia de los profesores judíos de habla germánica que, huyendo de Hitler, se instalaron en las universidades norteamericanas, se fue popularizando entre sus elites izquierdistas.

Esta izquierda intelectual se seguirá llamando marxista pero «cultural». Marx ya no es su referencia, sino Nietzsche, Freud, Weber, Heidegger, Sartre o Marcuse. Su aportación será el irracionalismo, el nihilismo y el relativismo moral disfrazado de tolerancia. La verdad ya no cuenta, lo importante es el «compromiso» en sí mismo. La distinción entre lo verdadero y falso se difumina y la creencia en la razón, la prosperidad o la ciencia, todo en lo que había creídoKarl Marx, pasa a un segundo plano, acelerándose el socavamiento del sentido común más elemental. El marxismo «cultural» que se pondrá en boga no debe nada a Marx, salvo su odio al burgués, el fruto del capitalismo, al que identifican con el «último hombre» que detestaba Nietzsche. De este modo la izquierda envolverá el pensamiento de Nietzsche con la fraseología del viejo Marx y conseguirá vender dos sistemas filosóficos contrapuestos en un solo paquete. Así, por ejemplo, Freud creía que la neurosis es un «error burgués» y que, abatido el capitalismo, no sería necesaria la represión que causa la neurosis.

La culpa siempre es del capitalismo. Las críticas no se ceban ya en su sistema económico sino en su vulgaridad, su consumismo y su falta de vida espiritual. El contrapunto al burgués ya no es el proletario sino el artista, el genio y los nuevos «estilos de vida». Estos intelectuales estaban obsesionados con la cultura, no con la economía, de ahí que se convirtieran en feroces críticos culturales de las democracias occidentales. Para estos nuevos esnobs, el capitalismo y la burguesía continúan siendo los enemigos a batir pero por razones distintas a las esgrimidas por el viejo comunismo. La cuestión no es la lucha de ricos y pobres sino la vulgaridad del burgués autosatisfecho al que se califica de inculto y pretencioso.

Estas corrientes subterráneas que corrían, en principio, entre las élites universitarias eclosionaron en 1990 cuando la izquierda política se encontró sin la referencia soviética y con cada vez menos proletarios conforme aumentaba el nivel de vida de los países occidentales. El frente de batalla era otro: la historia de Occidente, sus costumbres, sus creencias, su moral, sus logros, los «valores» cristianos y occidentales, todo debía ser revisado en su totalidad. Occidente era culpable.

Uno de los puntales de este revisionismo a gran escala, que cometía la deshonestidad intelectual de juzgar hechos pretéritos bajo el prisma actual, se centró en la defensa de las minorías frente a las imposiciones de la mayoría, identificada como blanca, heterosexual y cristiana, que daría lugar a las omnipresentes políticas de identidad con el WASP (White Anglo-Saxon Protestant) en el centro de la diana. Si el concepto de ciudadano que subyace de la Ilustración trasciende las diferencias accidentales, la nueva izquierda tratará de exacerbarlas. Si antes se incidía en lo que unía a las personas al margen de su sexo, orientación sexual, raza, religión o lengua, la nueva izquierda trata de identificarlas -esto es, encerrarlas y determinarlas- por su sexo, orientación, raza, religión o lengua. El accidente resulta ahora determinante, decisivo. Si el reconocimiento del Otro consistía en obviar lo que separaba a las personas para centrarse en un mundo común y compartido, ahora el reconocimiento consistirá en elevar a categoría estas diferencias accidentales y compensar el «agravio» histórico que han sufrido negros, mujeres, homosexuales o las lenguas minoritarias. La nueva izquierda se hace identitaria y dispuesta compensar y retribuir a cargo de los presupuestos públicos todas estas identidades maltratadas. El internacionalismo, un eco lejano del universalismo cristiano, había sido abandonado por la nueva izquierda nacida de los restos del comunismo.

 

Joan Font Rosselló, El Mundo, 17 junio 2019

 

 

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